11 jun. 2007

Resaca de celebración.

Y lo de resaca es casi, casi literal. Entre la cervecita y el vinito en la celebración después de la ceremonia, y que terminamos tomando unas copas en casa con mis padres y mis hermanas que viven fuera y los veo poco, no es que terminase con la cogorza, pero como ya hace tiempo que perdí la costumbre de las juergas de larga duración, el cuerpo lo nota, y el domingo sufría una especie de resaca carente de dolor de cabeza pero con un poco de mal cuerpo. Quizá fuese más agotamiento que otra cosa.

Pero vamos a lo principal. La ceremonia me gustó mucho. Fue sencilla, sin parafernalias ni ofertorios extraños que hacen que lo principal, la Sagrada Comunión, quede sepultada en medio de un ritual interminable y extraño. Duró lo justo para que los niños y sus hermanos aguantasen sin demasiado alboroto, unos tres cuartos de hora. Todos los niños que recibían por primera vez a Nuestro señor, y uno de los padres de cada niño, hizo su pequeña lectura en forma de una petición o dando gracias. Una homilía que se podía dividir en tres parte; la primera dirigida a todo el público y haciendo notar que ya estábamos celebrando el Corpus, coincidencia magnífica para la ocasión, la segunda dirigida a los niños protagonistas y finalmente y muy breve, unas palabras para los padres exhortándonos a no abandonar la fe y la formación de nuestros hijos siendo para ellos maestros de amor.

Todo magníficamente bien organizado, con los niños en el primer banco, los padres detrás y a continuación los abuelos. Luego el resto de invitados. Mi mujer y yo comentamos que estábamos más nerviosos que el día de nuestra boda, fue una sensación realmente curiosa.

Después los saludos y felicitaciones y en marcha hacia el lugar de celebración. Llevábamos todo el día con la nube y el sol que no se ponían de acuerdo, no sabíamos si llovería, y nos fastidiaría el disfrute del jardín del restaurante, o haría sol y los niños podrían jugar a gusto por todo el recinto. Al final hubo suerte y todo salió a pedir de boca. El sol nos acompaño, la temperatura era ideal y el cóctel perfecto (gracias Luci -así se llama la dueña y cocinera del restaurante- por tu habilidad en la cocina y por esa tarta de chocolate que es de auténtico lujo).

El niño fue en todo momento consciente de lo que estaba celebrando, lo cual me produce enorme satisfacción y alegría, pero ello no impidió que se “emborrachara” de regalos. Entre libros, DVD’s, telescopio, juegos para la Play, la Nintendo DS (que en Principio no la queríamos, pero con el “Brain training” y teniendo cuidado con los juegos elegidos, a lo mejor puede ser una herramienta de desarrollo de habilidades intelectuales), el reloj, un montón de dinero, la cámara digital y no recuerdo qué más, el niño ya no sabía a que hacer más caso. Pero en seguida se decidió a aparcarlo todo para jugar con su hermana y todos los amigos y primos, fue al día siguiente cuando, ya en casa, no sabía a qué dedicarse.

Yo, por mi parte, he disfrutado como un enano viendo la felicidad de mi hijo y después charlando con mis padres y mis hermanas y cuñados. El único problema es que hoy estoy agotado, pero vale la pena.

4 comentarios:

El Cerrajero dijo...

Buena crónica ^_^

Elentir dijo...

Jo, qué pena me da no hacer ahora la Primera Comunión. Estas cosas se han vuelto una fiesta de la tecnología en materia de regalos. A mí me regalaron en mi Primera Comunión una cámara Kodak Pocket, me encantó aunque ahora la recuerdo como si fuera un juguete. ¡Quién pensaría en cámaras digitales entonces...!

Claudedeu dijo...

Coincido con el Cerrajero: buena entrada. Hace ya años que celebré la Primera Comunión y mi memoria, a pesar de la corta edad, guarda escasos recuerdos de ello. Desconozco si me di un golpe en el lóbulo frontal del telencéfalo o si tengo alguna enfermedad degenerativa.

Marta Salazar dijo...

fantástico! a ver si nos regalas una foto...