4 may. 2007

Estreno de Hermann Tertsch en ABC.

No sé si habréis leído la columna de Hermann Tertsch que publicaba ayer el ABC, titulada Negacionismo, probidad e insulto, pero es algo más que aconsejable, es de lectura obligada.

Cada vez entiendo mejor porqué el Sr. Polanco se deshizo del Sr. Tertsch como si este último fuese una contagiosa y agresiva bacteria a la que hubiese que combatir con cantidades ingentes de antibióticos. Y es que el Sr. Tertsch construye sus discursos de una manera contundente y difícil de rebatir, lo cual, cuando no sigue las consignas dadas por el líder de la secta, resulta especialmente peligroso y preocupante para los guías mediáticos de la congregación socialista.

Pero D. Hermann no se iba a quedar callado y ya ha encontrado otra tribuna desde la cual seguir iluminándonos y seguir informándonos de la situación en que vivimos. Tribuna desde la que arremete hoy contra Zapatero y su negacionismo estúpido y absurdo diciendo cosas como estas (extraigo algunos retales):

Porque en los tres años de Gobierno Zapatero se ha impuesto implacablemente en el discurso oficial ese perverso fenómeno denunciado por Hannah Ahrendt. El equipo del sentimental lector de Gamoneda niega hoy la realidad con una procacidad y un desparpajo faldicorto a los que ningún otro Gobierno europeo sobreviviría siquiera unas semanas.

Es ocioso enumerar sus manifestaciones que niegan hechos para todos evidentes, lógicos, verificables o probados. Llenan las páginas de los periódicos a diario. La muestra más larga la tenemos en esas interminables y tediosas añagazas para ocultar, negar y justificar a un tiempo la coordinación de intereses políticos con el terrorismo vasco. Pero se dan en todas las demás cuestiones capitales como inmigración, seguridad o relaciones exteriores. Camelot y su Arturo Zapatero no necesitan a la realidad, ese fenómeno menor que transcurre paralelo a sus hazañas y retórica.

El negacionismo de Zapatero, su gente y sus aliados, parte del desprecio a los hechos que revelan igual cuando hablan de historia como cuando lo hacen de ayer. Lo hacen sin mala conciencia porque consideran que la importancia de su misión histórica bien merece correcciones a la realidad y muchos sacrificios, especialmente del enemigo.

…pero a estas alturas todo el mundo debiera saber a quién considera el presidente su enemigo y a quiénes aliados potenciales, hayan matado o no.

Tan imponentes ambiciones se desarrollan en un universo sentimental menos que semiculto marcado por igual por el sectarismo, la ideologización primaria y el resentimiento propios del asociacionismo provinciano de principios del siglo XX unidos a la insoportable levedad de un relativismo moral que considera anticuada o simplemente ridícula la subordinación de los deseos a código alguno. Zapatero debería dar miedo y yo creo que sólo el inmenso movimiento de odio total a la figura de José María Aznar y, en su ausencia, al Partido Popular -que han logrado mantener sorprendentemente activo socialistas, nacionalistas y la mayoría de los medios de comunicación-, ha impedido que una mayor parte de la sociedad española percibiera con cierta nitidez el peligro que supone para su prosperidad, estabilidad y libertad el camino emprendido por la alianza de socialistas y nacionalistas. Porque el peligro de involución existe y se manifiesta donde la verdad ha sido abolida, como en los colegios británicos. La dependencia creciente de sectores claves de la sociedad del poder político, la manipulación e intimidación abierta de la economía, el clientelismo de las autonomías, la persecución -sí, persecución- del castellano en los sistemas escolares bajo regímenes nacionalistas y los intentos de acabar con la autonomía educativa privada nos sugieren que en pocos años la verdad oficial puede haberse convertido en el principal medio de vida en este país.

Como lo es que el gentucismo aquí diga una y otra vez que el PP da alas a ETA cuando fue su Gobierno quien lo tuvo contra las cuerdas con una política que se ha dinamitado. Los coros de héroes subvencionados saben que si toca hacer un giro saharahui, se hace y punto. El relativismo es maravilloso para mantener la conciencia en baño maría. Es una más de las nefastas consecuencias de ese Mayo del 68

Durante todas estas décadas, no han hecho sino aumentar y fortalecerse los mecanismos sectarios que expulsan del paraíso de los bienpensantes a aquellos que cuestionan la validez total y absoluta de un movimiento -Mayo 68- basado fundamentalmente en negar, combatir y despreciar los valores permanentes occidentales desde Atenas -bonitas evocaciones de las Termópilas escritas por Fernando Savater y Arturo Pérez Reverte- que han hecho de la sociedad abierta el sistema de convivencia más próspero, libre y feliz jamás habido.

[Negritas mías]

Es, de verdad, buenísimo. He puesto una buena parte del artículo, pero leedlo completo porque merece la pena.

5 comentarios:

gutiforever dijo...

Lo leí,y me pareció magnífico,como casi todo lo que escribe Tertsch.
El que se le cortará el cuello por parte de la secta prisaica,convertida en una "cheka" donde se exige obediencia ciega a los ideales del régimen polanquil,demuestan con claridad el concepto de libertad de expresión y pluralismo que manejan estos estalinistas reconvertidos,mediante mutaciones a cual más escalofriante,en progres que expenden certificados de demócratas.
Ayer comentabamos a esa "rata sectaria" que es Maria Antonia Iglesias,(por cierto,así la calificó en su dia el pope Luis del Olmo,hoy reconvertido en lamedor de ortos),magnífico ejemplo del profesional tipo de PRISA;aquí no hay nada de relativismo:a sus ordenes,Don Jesús.

gutiforever dijo...

Como no se si lo has leido,te dejo retazos del magnífico artículo de Perez Reverte:
Todavía no he visto 300, la película de Zack Zinder sobre la batalla de las Termópilas. Pero he seguido con atención la polémica sobre la corrección o incorrección social del asunto, los pareceres encontrados sobre el supuesto retrato artero y malévolo de los orientales persas, y los tópicos sobre el honor y la gallardía de los occidentales espartanos. Ha sido interesante asistir a ese contraste de opiniones entre los partidarios de una visión tradicional del acontecimiento, la prohelénica y heroica, frente a la de quienes se expresan desde un enfoque más orientalista o menos eurocéntrico y lamentan que Jerjes y su gente todavía figuren en la Historia como los malos del episodio.

En el debate no han faltado, naturalmente, las alusiones a la crisis entre los valores de la democracia occidental y los que otras culturas sostienen, las alusiones al islam, etcétera. En el que podríamos llamar sector crítico frente a la versión transmitida por las fuentes clásicas, hay opiniones muy respetables, versiones de historiadores que, con el peso de su autoridad y con más o menos eficacia según el talento de cada cual, revisan tópicos, iluminan rincones oscuros, deshacen o cuestionan interpretaciones tradicionales; pero junto a ese análisis serio, académico, se ha dado también, como era de esperar en los tiempos que corren, una intensa agitación del gallinero mediático, empeñado en aplicar al año 480 antes de Cristo los habituales clichés de lo social o políticamente correcto. De manera que junto a ciertos finos analistas, intelectuales de pasta flora, eruditos cutres, tertulianos charlatanes y políticos analfabetos, sólo ha faltado alguien que denuncie a Leónidas y sus trescientos hoplitas ante el tribunal internacional de La Haya por militaristas y xenófobos. Que casi. De modo que van a permitirme, también, opinar al respecto. Eso sí: con un criterio contaminado por el hecho poco objetivo de haber leído en su momento –cada cual tiene sus taras– a Herodoto, a Diodoro de Sicilia y a Jenofonte. A lo mejor ése es mi problema. No hay nada mejor, lo admito, para la objetividad, la equidistancia y la corrección política que no haber leído nunca un puto libro.

A ver si lo resumo bien: eran los nuestros, imbéciles. Aunque siempre sea mentira lo de buenos y malos, lo de peones blancos y negros sobre el tablero de la Historia, lo que está claro, películas y paralelismos modernos aparte, es el color de los trescientos lacedemonios y los setecientos tespieos que libraron el último combate contra los doscientos mil persas que los envolvieron y aniquilaron en el paso de las Termópilas. Pese a su militarismo, a las crueles costumbres de su patria, a que los enemigos no eran afeminados o malvados, sino sólo gentes de otras tierras y otros puntos de vista, los soldados profesionales que peinaron con calma sus largos cabellos antes de colocarse encima treinta y cinco kilos de bronce y cerrar filas dispuestos a cenar en el Hades –Leónidas sólo llevó a los que tenían en Esparta hijos que conservaran la estirpe–, riñeron aquel día como fieras, hasta el último hombre, conscientes de que su hazaña era un canto a la libertad: la demostración suprema de lo que el ser humano, seguro de lo que defiende, puede y debe hacer antes que someterse.

Y claro que eran héroes. Da igual que los historiadores magnificaran su hazaña, o que los enemigos fuesen de una u otra manera. Lo que esos espartanos rudos y valientes defendieron bajo la nube de flechas persas –como bromeó uno de ellos, eso permitía pelear a la sombra–, no era el diálogo de civilizaciones, ni el buen rollito ni el pasteleo para salvar el pellejo poniendo el culo gratis. Enaltecidos por los clásicos o desmitificados por los investigadores modernos, lo indiscutible es que, con su sacrificio, salvaron una idea de la sociedad y del mundo opuesta a cualquier poder ajeno a la solidaridad y la razón. Al morir de pie, espada en mano, hicieron posible que, aun después de incendiada Atenas, en Salamina, Platea y Micala sobrevivieran Grecia, sus instituciones, sus filósofos, sus ideas y la palabra democracia. Con el tiempo, Leónidas y los suyos hicieron posible Europa, la Enciclopedia, la Revolución Francesa, los parlamentos occidentales, que mi hija salga a la calle sin velo y sin que le amputen el clítoris, que yo pueda escribir sin que me encarcelen o quemen, que ningún rey, sátrapa, tirano, imán, dictador, obispo o papa decida –al menos en teoría, que ya es algo– qué debo hacer con mi pensamiento y con mi vida. Por eso opino que, en ese aspecto, aquellos trescientos hombres nos hicieron libres. Eran los nuestros.

El Cerrajero dijo...

Gracias por el consejo, muy interesante.

Don Polancone lo echó porque ya se ha enmie*dado tanto con Rodríguez el Traidor que sólo le queda huir hacia adelante y aunque delante sólo haya abismo.

LUIS AMÉZAGA dijo...

Leído. Se ve que ha sido un artículo muy enlazado en bastantes blogs. Ha entrado con buen pie el señor Tertsch en ABC.

Zapataplús!! dijo...

Qué sonrojo. Antes de nada, perdón por "plagiar" tu post. Te prometo que ha sido casualidad. Por lo visto los dos coincidimos en ver en este texto una gran muestra de verdades encadenadas.

Un saludo "plagiador".